jueves, 19 de marzo de 2009

El caos de Bolonia (y 20)

Pongo fin a la serie de post que, bajo el título El caos de Bolonia, han venido recogiendo desde hace meses las novedades que iban surgiendo en relación al Espacio Europeo de Educación Superior. No tiene sentido seguir con este goteo de información cuando el tema es objeto hoy de una avalancha de noticias en los medios de comunicación, noticias que no pueden calificarse precisamente de positivas, sino de muy negativas y en muchos caso de lamentables.

El caos ha estallado. Se veía venir. No entraré en si ha habido incompetencia, o engaño o ambas cosas por parte de las autoridades políticas y académicas, pero un informe como el que ha publicado ANECA en su página web (vía El lector), parece dejar las cosas claras:
“Ellas [las universidades] se ven forzadas ahora a adaptarse al nuevo entorno, ya bien porque los gobiernos las obligan a actuar en mercados administrados o cuasi mercados para procurar su parte de la renta nacional o bien porque se hallan puestas, directamente, en una ‘situación de mercado’ según la denomina Weber, como ocurre en numerosos países en diferentes regiones del mundo. En uno y otro caso, aunque en diferentes grados y de distintas maneras, las instituciones deben competir y diversificar sus fuentes de ingreso; surgen nuevos proveedores (instituciones privadas, universidades corporativas, a distancia, vía Internet); los estudiantes pagan aranceles y pasan a ser clientes; los profesores son contratados y dejan de ser funcionarios; las funciones institucionales se convierten en desempeños y sujetan a minuciosas mediciones; se enfatiza la eficiencia y el value for money; los modelos de negocio sustituyen en la práctica a los planes estratégicos; la gestión se racionaliza y adopta un estilo empresarial; el gobierno colegiado se transforma en corporativo al independizarse de los académicos e integrarse con representantes de los stakeholders externos; los investigadores son estimulados a patentar y los docentes a vender docencia ‘empaquetada’ a las empresas; los incentivos vinculados a la productividad académica reemplazan las escalas salariales asociadas al cargo; los currículos son revisados y sancionados en función de su pertinencia laboral y evaluados por agencias externas en relación a su calidad; las culturas distintivas de las instituciones y sus ‘tribus académicas’ empiezan a ser tratadas como asunto de clima organizacional; las universidades son comparadas por medio de rankings locales y clasificadas geopolíticamente a nivel global (he ahí la realpolitik de los prestigios institucionales); se crea un mercado global para servicios de educación superior y su regulación se resuelve en las rondas del GATS (el Acuerdo General sobre el Comercio de Servicios), no en sede académica. En fin, “la universidad ya no es más un lugar tranquilo para enseñar, realizar trabajo académico a un ritmo pausado y contemplar el universo como ocurría en siglos pasados. Ahora es un potente negocio, complejo, demandante y competitivo que requiere inversiones continuas y de gran escala” (Skilbeck, 2001)”
Algunos me dirán que todo esto no tiene nada que ver con el espíritu que originalmente animó a los redactores del Acuerdo de Bolonia, y tal vez estén en lo cierto. Sin embargo poco importa ya cuando las desgraciadas consecuencias de la desacertadísima política aplicada ya están en la calle:

2 comentarios:

Néstor dijo...

Del texto que has citado, aún no veo ninguna cuestión negativa, aunque parezca que el tono del mismo sea exactamente el contrario.

Carlos Cesar Alvarez dijo...

El texto afirma justo lo que las autoridades han venido negando sobre Bolonia. Parece un informe escrito por los antibolonia, ya que contiene sus mismos argumentos, solo que sin el tono negativo que le dan ellos.

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